16 ago. 2010

Sombras

Capitulo especial de Mariposas Negras contado desde el punto de vista de Perla. Recomendable leer despues del capítulo Mariposas Negras.
Pueden leerlo aqui o Descargarlo


Sombras


Perla:

Apenas y pude escuchar el “toc toc” contra la puerta. Snuff de Slipknot retumbaba con fuerza en mis oídos.

Presioné el botón de “Pause” en el ipod y me fijé en Diego, quien tenía medio cuerpo asomado a través de la puerta. Sus ojos casi se salen de sus orbitas cuando en un rápido vistazo recorrió mi habitación.

-…Y mi padre dice que mi cuarto está desordenado.- logré oír.

Saqué los audífonos de mis oídos y me senté en la cama. Aquel tipo de comentarios no era nada nuevo para mí, así que solo lo ignoré.

Le dediqué una mirada serena, pero que denotaba que tenía toda mi atención en él y que esperaba a que dijera lo que tenía que decir de una buena vez.

No odiaba a mi cuñado, pero su interrupción se volvía molesta cuando disfrutaba de buena música mientras mi mente divagaba por otros lares, apartándome completamente de la realidad.

-Ya voy de salida, no pienso quitarte mucho tiempo.- comentó con aire desenfadado. Enarqué una ceja y una ligera sonrisa surcó mi rostro. ¿Acaso no se daba cuenta de que con eso me hacía perder más tiempo?

Dio un par de pasos y entró a la habitación.

Me sentí levemente intimidada. Esas cuatro paredes son mi refugio de paz y él se atrevía a pisarlo sin mi permiso.

Sus ojos curiosos recorrían cada rincón, detallando todo lo que encontraba a su paso. Instintivamente, bajé las mangas de mi suéter con un movimiento casual, esperaba que no fuera a fijarse en lo que estaba sucediendo debajo de esa delgada tela.

-Sólo vine a decirte que Luna quiere hablar contigo.- explicó cuando terminó de curiosear.

Hice un leve asentimiento con la cabeza para darle a entender que había recibido el mensaje.

Sus ojos me escrutaron un par de segundos y luego abandonó la habitación con un amigable “adiós”.

Me tumbé sobre la cama, sabía lo que debía de estar pensando Diego en estos momentos: ¡Que chica tan rara! O ¡A esa niña de seguro le falta un tornillo! No importaba, no es el primero ni sería el último en pensar en mi de esa forma. Inclusive mi madre lo hacía, me quedó bien en claro cuando intentó varias veces conseguirme “ayuda profesional”.

A lo mejor y si me falta un tornillo. Pensé observando mi habitación.

Telas oscuras hacían las veces de cortina, el piso se encontraba abarrotado de zapatos y compactos. Afiches con gráficos punk y grupos de metal tapizaban mis paredes. Y por supuesto, mi poco carisma era la cerecita del pastel en cuanto a raros se refería.

Pasé la mano por mi frente para retirarme el largo fleco de la cara, aquella habitación suele ser excesivamente caliente y el único mechón de pelo que tenía largo no me ponía las cosas fáciles.

Debería raparme todo el pelo de una buena vez. Deliberé mientras me tocaba los cortos mechones cercanos a la nuca.

Pero si con ese look ya casi parecía un niño, no quería ni imaginarme que dirían cuando me vieran con un corte militar.

No me importa, susurré como si fuera una grabadora. Desde hace un buen tiempo me repetía esas palabras una y otra vez, aquel desprendimiento y cualidad de no darle importancia a todo aquello que los demás pensaran o creyeran de mí, era lo que me ayudaba a sobrevivir diariamente.

Con suma molestia apagué el ipod y salí de la habitación para averiguar qué quería mi hermana. Me parecía que extraño que necesitara algo de mí cuando desde hace un buen tiempo todos a nuestro alrededor se han abocado a cuidar y velar de ella. Los familiares y amigos llamaban a la casa y en vez del usual: ¡Hola! ¿Cómo estás? el saludo se había vuelto: ¡Hola! ¿Cómo está tu hermana?

A nadie le importaba lo que pasara conmigo. Luna se había vuelto el obligo del mundo, como dicen coloquialmente.

Tan desesperada había estado por conseguir un poco de atención que probé con dejar de comer. Logré adelgazar en poco tiempo casi 10 kilos y obtener una figura esquelética. ¿Pero acaso alguien lo notó?

La respuesta es obvia: No.

Apreté con fuerza las mangas de mi suéter a medida que cruzaba el oscuro pasillo y recordaba mis días de anoréxica. Gracias a esa experiencia aprendí que si a ellos no les importaba lo que pasara conmigo, a mí tampoco me importaría lo que dijeran o pensaran ellos sobre mí, al menos las pocas veces que se detuvieran a hacerlo.

Entré a su cuarto sin tocar y me encontré con Luna recostada en su cama. Ofrecía la apariencia de una muñeca de porcelana, igual de pálida, fría y apunto de resquebrajarse.

Al percatarse de mi presencia me sonrío con sus labios resecos y en ese momento toda la rabia y envidia que podía sentir por ella desapareció como en un acto de magia.

Estaba sufriendo y podía verlo a través de sus ojos cristalinos. Mi hermana cargaba todos los días con una enfermedad que la estaba desgastando poco a poco.

¿Cómo puedes ser tan envidiosa? ¿Cómo pudiste ser capaz de desearle la muerte? Me cuestioné al verla en esas condiciones.

Cuando me encuentro sola y rezagada en la oscuridad de mi habitación soy tan egoísta que incluso puedo ser capaz de desear que ella termine de morirse para que tan siquiera las pulgas del perro puedan fijarse en mí. Pero cuando estoy a su lado un inmenso dolor oprime mi pecho, un dolor que me echa en cara cuan mala persona soy al desearle la muerte a mi única hermana, quien aún sin que yo lo desee está sufriendo.

¡Me estoy volviendo loca! Exclamé internamente mientras me llevaba las manos a la cabeza en un intento fallido por sacar todos esos pensamientos encontrados de mi cabeza.

-¿Todo en orden Perla?- preguntó con una sonrisa.

Con un leve asentimiento de cabeza le di a entender que sí. No tenía caso explicarle todas las locuras que rondaban por mi mente.

Me hizo un gesto con sus delicados dedos para que me acercara a ella. Y obedientemente lo hice.

Parecía una mala imitación de Diego cuando, a pesar del frio del piso que mi corto short de jean no cubría, me arrodillé a su lado de la cama.

Tomó mis manos y noté la abismal diferencia entre nosotras. A pesar de que en un pasado muy lejano solíamos tener un gran parecido físico, actualmente éramos polos opuestos y en cierta medida yo me había encargado de eso.

Sin embargo, ella poseía ciertos rasgos que la hacían mucho más hermosa que yo, así que no le vi sentido alguno a mantener aquellas cosas que nos hacían similares. Actualmente sólo compartíamos el mismo color de ojos.

-¿Cómo va todo?- preguntó de forma casual.

Me encogí de hombros antes de responder.

-Preguntas eso como si tuviéramos años sin vernos.

-Tienes razón. Sin embargo, no pasas mucho tiempo conmigo.- eso sonó casi como un reclamo.

-Tienes a tu novio, a mamá, a mis tíos… Tienes a todo el mundo cerca de ti, mi ausencia no debe suponerte mucha diferencia.- me expliqué de forma calmada.

-En eso te equivocas. Por supuesto que me importas Perla.

Sus palabras fueron como cuchillas que atravesaron mi autodefensa, hacía ya bastante tiempo que no escuchaba algo como eso. De cualquier otra persona hubiera pensado que era una broma, pero sabía que Luna no mentía.

Desvié la vista hacia la ventana para escaparme de esa mirada que conocía tan bien. Me estaba escaneando, detallándome meticulosamente.

Entrelazó sus dedos con los míos y me dedicó una mirada preocupada.

-¿Pero qué es lo que has hecho hermana?- cuestionó con la respiración entrecortada.

Esta vez fui yo quien me preocupé por ella.

-No tienes que agitarte Luna. Cálmate, ahora sólo importas tú y tu salud.- dije mientras acariciaba su mano.

Suspiró pero más bien como un gesto de burla.

-Entiendo perfectamente si me odias.- explicó más calmada.

Sonreí levemente. Luna me conocía demasiado bien, tanto que a veces pensaba que podía leerme el pensamiento.

-Yo no te odio.- le corregí inmediatamente.

Clavó sus ojos en mí para buscar rastros de una mentira. Pero obviamente no encontró nada, aquello era la verdad a pesar de todo.

Sonrió y un deje de alegría brilló en sus ojos, casi fue como en los viejos tiempos.

-Igualmente quisiera pedirte perdón.- expresó aún con mis manos entre las suyas.

-Luna ya basta.- pedí exasperándome.- No sé qué pretendes ni a dónde quieres llegar con todo esto, pero no es necesario. Ya te dije que no te odio, punto, fin de la discusión.

No recordaba cuando fue la última vez que había dicho tantas palabras en una conversación.

Con algo de esfuerzo levantó medio cuerpo y se sentó en la cama. Tomó mi cara entre su rostro y me obligó a verla fijamente.

-Escúchame muy bien Perla, porque quizás esta sea la única oportunidad que tenga para decírtelo así que no me interrumpas.

Fijé mi vista en ella para darle a entender que la escuchaba, aunque en lo más profundo de mis entrañas algo se removió. Preveía que su discurso no me gustaría.

-Quiero pedirte perdón.- continuó aun cuando le exprese con la mirada cuanto me incomodaba aquello.- Perdón por dejar de ser tu hermana para convertirme en algo que te ha quitado todo aquello importante para ti. Con mi enfermedad no solo perdiste a tu hermana, también perdiste a tu madre y a tu familia, quienes simplemente se han dedicado a mí. Inconscientemente te relegué a vivir bajo mi sombra y eso es algo que nunca me podré perdonar.

De sus ojos comenzaron a salir lágrimas y fue cuando me di cuenta de que yo también estaba llorando.

-…sería perfectamente comprensible que me odiaras por ello, y aunque te suene ilógico también quiero que sepas que te quiero. Que en mi corazón hay un pedazo para ti. Nunca te lo dije, pero es lo que siento.

Con sus delicadas manos secó las lágrimas que surcaban mi rostro. Fui incapaz de expresar palabra alguna. ¡Ha buena hora me daba por ser muda!. Sin embargo, utilicé el método de expresión más típico de mí: la mirada, con la cual le hice entender que yo sentía lo mismo por ella.

Yo también te quiero hermana. Expresé.

No podía engañarme a mí misma, en los ojos de Luna vi que aquello era una despedida. Así que era ahora o nunca.

Con mucho cuidado me acerqué más a ella y la abracé, un gesto afectuoso que no le había proferido a nadie en mucho tiempo. Colocó sus brazos a mi alrededor y me devolvió el gesto, fue casi como si estuviera intentado protegerme. Fue igual como cuando éramos niñas.

Poco a poco nos separamos.

-Necesito que me hagas otro favor.- pidió.

Asentí rápidamente.

-Si algo me pasa, quiero que por favor le entregues esto a Diego.

Se llevó las manos al cuello y se quitó la hermosa cadena plateada que desde hace un buen tiempo la acompañaba. Me ofreció el collar y sostuve en mis manos el dije de plata en forma de luna.

Que falta de creatividad, cuñado. Enuncié para mis adentros.

Luego se acercó a la mesita de noche y tras abrir dificultosamente la primera gaveta sacó un papel doblado y me lo entregó.

Tosió un poco y posteriormente fue capaz de hablar.

-Es muy importante que esto llegue a manos de Diego, los va a necesitar cuando no esté.- su pecho subía y bajaba de forma rápida y noté que le costaba respirar.- Recuerda… que…. los… amo… con… todo… mi… corazón.

El plural en sus palabras me sorprendió, sabía a quiénes se refería: mamá, Diego y yo.

Repentinamente Luna se llevó la mano al pecho y comenzó a respirar con mayor dificultad. El aire le faltaba.

Coloqué la cadena y la foto sobre la mesa y la sostuve por los hombros.

-¡MAMÁ! ¡MAMÁ!- grité con desespero.

Luna se contorsionaba en la cama para intentar tomar algo de aire, mientras su piel adquiría un tono azulado.

Mi madre entró a la habitación como un rayo e inmediatamente entró en acción.

Me hizo a un lado para encargarse de mi hermana. Rebuscó entre sus cosas y sacó el inhalador. Seguidamente lo colocó en la boca de Luna y presionó el botón para proporcionarle aire.

Pero por primera vez no funcionó.

Mi madre, ya en estado de crisis, tomó el celular de Luna y llamó a los paramédicos, quienes después de 5 minutos de agonía, aparecieron en el cuarto.

Estaba paralizada ante la escena, a penas y podía moverme.

Me tiré al suelo en la esquina más apartada de la habitación y metí la cabeza entre las rodillas. Llevé las manos a los oídos para intentar acallar el ruido, pero fue imposible.

Los gritos de mi madre, la respiración cada vez más dificultosa de Luna, los paramédicos y sus equipos. Un caos total.

De repente, todo se detuvo.

De aquel caos solo podía escucharse un llanto.

Levanté la vista y me encontré con la mirada entristecida de los dos paramédicos que estaban de servicio.

Paso a paso me fui acercando al centro de la habitación y logré vislumbrar a mi madre llorando sobre mi hermana, tiesa y sin vida.

Gruesas lágrimas comenzaron a salir de mis ojos y se me dificultó pensar con claridad. Si no hubiera sido por uno de los paramédicos que intentó brindarme ayuda, nunca hubiera caído en cuenta de lo alto de mis sollozos.

Salí de la habitación con un único y claro pensamiento en mi cabeza: Tengo que avisarle a Diego.

Casi por inercia marqué el número de teléfono de Diego, guardado en la lista de “favoritos” del teléfono de la casa.

Primero me contestó su madre y a duras penas pude explicarle lo que sucedía. Desesperadamente le pedí que me comunicara con Diego.

Después de un corto silencio escuché su voz al otro lado de la línea.

-¿Quién habla?- preguntó con un tono de voz muy bajo y delicado, casi no parecía él.

Intenté calmarme para darle la noticia, pero era imposible. Tenía la nariz tupida y las lágrimas seguían saliendo sin control.

-Diego… soy Perla- de forma involuntaria las palabras me salían entrecortadas- Yo… tengo algo que decirte…. Yo… algo…

Otro silencio corto.

-¿Perla que sucede?- demandó autoritariamente.

Me apoyé sobre el marco de la puerta para intentar obtener el aire y el valor suficiente para cumplir con mi cometido.

-Luna murió.- expresé en un susurro.

Dudaba de que me hubiese escuchado, pero cuando la línea se cortó y solo se escuchaba el tono de marcado, supe que el mensaje llegó fuerte y claro.

***

No podía recordar nada. El velorio, el funeral todas esas imágenes eran como un confuso borrón en mi memoria.

Sólo sabía que había estado allí porque la foto y la cadenita sobre la mesita de noche no estaban y porque mi tía Liliana, enfermera de profesión, dijo que estaba en estado de shock.

La casa se sentía vacía cuando llegué. Pasar por la puerta de la habitación de mi hermana fue más duro de lo que pensé, pero había solo un pasillo que conducía a mi cuarto.

Al abrir la puerta de mi refugio sentí como el aire volvía a mí.

¡Al diablo con las pastillas para el shock! Yo tenía una medicina mejor.

Sin encender la luz y dando tumbos por la habitación llegué a la peinadora. Abrí la primera gaveta y luego de rebuscar un poco entre todos los productos de higiene personal, conseguí lo que buscaba.

Tomé también el ipod y me senté en esa esquina que se forma con un lado de la cama y la pared.

El cuarto estaba tan caliente como siempre, así que en vez de solo subirme las mangas, como hacía usualmente, me quité el suéter. Quedando sólo con la camisa de tiras negras.

Coloqué los audífonos en mis oídos y encendí el reproductor. All hope is gone de Slipknot sonaba a todo volumen. No podía percibir nada en el exterior, sólo mi música y la paz que la oscuridad de mi habitación me estaba proporcionando.

Con sumo cuidado quité la envoltura del último paquete de hojillas que me quedaban.

Expuse las muñecas y las acaricié levemente, para sentir las dos heridas delgadas que aún seguían en proceso de sanación. Ese sería mi camino a seguir.

Primero en la derecha y luego en la izquierza fui poniendo presión en la hojilla sobre la delicada piel que cubría las venas.

Un murmullo apagado fue la única expresión de mi dolor. Por dentro estaba gratando.

Me recosté débilmente sobre el suelo cuando la sangre comenzó a salir a chorros.

Cada corte tenía un significado: Primero mi padre, luego Luna.

Se me había pasado la mano, pero no lo suficiente como para morir. Dejaría a mis venas sangrar hasta que se extinguiera esa opresión en mi pecho.

Esa era mi medicina, mi forma de lidiar con los problemas. El insoportable dolor en las muñecas opacaba el dolor de mi corazón.

Estaba exhausta, así que la música retumbando fuertemente sobre mis oídos, la tibia oscuridad del cuarto y los cortes en las venas cumplieron rápidamente su cometido: hacerme escapar de la realidad.

Una realidad en donde me encontraba perdida, todo cuanto quería me fue arrebatado. Ya no tenía ni siquiera la sombra de Luna para seguir.

La sangre seguía corriendo, manchando mis pantalones y formando un pequeño charco en el piso a mí alrededor.

Detendría el sangrado más tarde, limpiaría el charco rojizo más tarde, seguiría siendo la chica extraña más tarde. De todas formas ya no importaba.

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